23 de abril de 2012

Maragall/Sant Jordi-Día Internacional del Libro

LA DIADA DE SANT JORDI


La diada de Sant Jordi
és diada assenyalada
per les flors que hi ha al mercat
i l'olor que en fan els aires,
i les veus que van pel vent:
"Sant Jordi mata l'aranya".
L'aranya que ell va matar
tenia molt mala bava,
teranyinava les flors
i se'n xuclava la flaire,
i el mes d'abril era trist
i els nens i nenes ploraven.
.   .   .   .   .   .   .   .   .   .
Quan el Sant hagué passat
tot jardí se retornava:
perxó cada any per Sant Jordi
és diada assenyalada
per les flors que hi ha al mercat
i l'olor que en fan els aires.



LA FIESTA DE SAN JORGE

Es la fiesta de San Jorge
una fiesta señalada
por las flores del mercado
y el olor que hay en los aires,
y las voces en el aire:
"San Jorge mata la araña".
La araña que él mató
tenía muy mala baba,
telarañaba las flores
y su perfume chupaba
y el mes de abril era triste,
niños y niñas lloraban.
.   .   .   .   .   .   .   .   .   .
Cuando el santo hubo pasado
el jardín se recobraba:
por esto es cada año
por San Jorge fiesta clara,
por las flores del mercado
y el olor que hay en los aires.

En Obra poética II. Versión bilingüe, ed., intr. y notas de Antoni Comas y trad. de J.F. Vidal Jové, Castalia, Madrid, 1984.

23 de marzo de 2012

Confesión (¿qué queda?). José Emilio Pacheco

ALTA TRAICIÓN

      No amo mi patria.
Su fulgor abstracto
      es inasible.
Pero (aunque suene mal)
      daría la vida
por diez lugares suyos,
      cierta gente,
puertos, bosques de pinos,
      fortalezas,
una ciudad deshecha,
      gris monstruosa,
varias figuras de su historia,
      montañas
—y tres o cuatro ríos.

En Alta traición. Antología poética, sel. y pról. de José María Guelbenzu, Alianza, Madrid, 1985.

19 de febrero de 2012

Un poema de un Poeta por quien nos sentimos en falta: Eugenio Montejo...

PAVANA PARA UNA DAMA EGIPCIA


Yo sé que un día aquí sobre la tierra
no estaré nunca más. Habré partido
como los viejos árboles del bosque
cuando los llama el viento. Y esto que escribo
no me lo dicta apenas una idea
pues ya se ha hecho sangre de mis venas.

También sin meditar suelen los árboles
tener claro su fin. Como toda materia
guarda memoria de su nada póstuma.
No es preciso pensar para decirse
—cada quien a sí mismo— adiós por dentro.
Con ver las hojas en otoño basta;
con ver la tierra allá a lo lejos, roja,
flotando en el abismo, sin nosotros,
se aprende casi todo...

Yo sé que un día con tus egipcios ojos
me buscarás sin verme aquí en la tierra,
y no estaré ya más.
Y no es la mente quien me lo dice ahora,
sino tu cuerpo donde puedo leerlo;
aquí en tus brazos, tus senos, tu perfume,
porque lo eterno vive de lo efímero
como en nosotros el dios que nos custodia
con tanto enigma en su perfil de pájaro
y su vuelo que siempre está a la puerta.


En Letras Libres, 72 (Diciembre 2004).