11 de diciembre de 2012

O pensamento de Alberto Caeiro (com duas traduções)

V

Há metafísica bastante em não pensar em nada.

O que penso eu do mundo?
Sei lá o que penso do mundo!
Se eu adoecesse pensaria nisso.

Que ideia tenho eu das coisas!
Que opinão tenho sobre as causas e os efeitos?
Que tenho eu meditado sobre Deus e a alma
E sobre a criacão do mundo?
Não sei. Para mim pensar nisso é fechar os olhos
E não pensar. É correr as cortinas
Da minha janela (mas ela não tem cortinas).

O mistério das coisas? Sei lá o que é mistério!
O único mistério é haver quem pense no mistério.
Quem está ao sol e fecha os olhos,
Começa a não saber o que é o sol
E a pensar muitas coisas cheias de calor.
Mas abre os olhos e vê o sol,
E ja não pode pensar em nada,
Porque a la luz do sol vale mais que os pensamentos
De todos os filósofos e de todos os poetas.
A luz do sol não sabe o que faz
E por isso não erra e é comum e boa.

Metafísica? Que metafísica têm aquelas árvores?
A de serem verdes e copadas e de terem ramos
E a de dar fruto na sua hora, o que nos faz pensar,
A nós, que não sabemos dar por elas.
Mas que melhor metafísica que a delas,
Que é de não saber para que vivem
Nem saber que o não sabem?

«Constituicão íntima das coisas»...
«Sentido íntimo do universo»...
Tudo isto é falso, tudo isto não quer dizer nada.
É incrível que se possa pensar em coisas dessas.
É como pensar em razões e fins
Quando o começo da manhã está raiando, e pelos lados das árvores
Um vago ouro lustroso vai perdendo a escuridão.

Pensar no sentido íntimo das coisas
É acrescentando, como pensar na saúde
Ou levar um copo à água das fontes.

O único sentido íntimo das coisas
É elas não terem sentido íntimo nenhum.

Não acredito em Deus porque nunca o vi.
Se ele quisesse que eu acreditasse nele,
Sem dúvida que viria falar comigo
E entraria pela minha porta dentro
Dizendo-me, Aqui estou!

(Isto é talvez ridículo aos ouvidos
De quem, por não saber o que é olhar para as coisas,
Não compreende quem fala delas
Com o modo de falar que reparar para elas ensina.)

Mas se Deus é as flores e as árvores
E os montes e sol e o luar
Então acredito nele,
Então acredito nele a toda a hora,
E a minha vida é toda uma oração e una missa,
E uma comunhão com os olhos e pelos ouvidos.

Mas se Deus é as árvores e as flores
E os montes e o luar e o sol,
Para que lhe chamo eu Deus?
Chamo-lhe flores e árvores e montes e sol e luar;
Porque, se ele se fez, para eu o ver,
Sol e luar e flores e árvores e montes,
Se ele me aparece como sendo árvores e montes
E luar e sol e flores,
É que ele quer que eu o conheça
Como árvores e montes e flores e luar e sol.

E por isso eu obedeço-lhe,
(Que mais sei eu de Deus que Deus de si próprio?),
Obedeço-lhe a viver, espontaneamente,
Como quem abre os olhos e vê,
E chamo-lhe luar e sol e flores e árvores e montes,
E amo-o sem pensar nele,
E penso-o vendo e ouvindo,
E ando com ele a toda a hora.


V

Hay metafísica bastante en no pensar en nada.

¡Qué pienso yo del mundo?
¡Yo qué sé lo que pienso del mundo!
Si enfermase pensaría en ello.

¿Qué idea tengo de las cosas?
¿Qué opinión tengo de las causas y los efectos?
¿Qué es lo que he meditado sobre Dios y el alma
y sobre la creación del mundo?
No sé. Para mí pensar en eso es cerrar los ojos
y no pensar. Es correr las cortinas
de mi ventana (pero no tiene cortinas).

¿El misterio de las cosas? ¡Qué sé yo lo que es misterio!
El único misterio es haber quien piense en el misterio.
Quien está al sol y cierra los ojos,
empieza a no saber lo que es el sol
y a pensar muchas cosas llenas de calor.
Pero abre los ojos y ve el sol,
y ya no puede pensar en nada,
porque la luz del sol vale más que los pensamientos
de todos los filósofos y de todos los poetas.
La luz del sol no sabe lo que hace
y por eso no yerra y es común y es buena.

¿Metafísica? ¿Qué metafísica tienen aquellos árboles?
La de ser verdes y copudos y tener ramas
y la de dar fruto a su hora, lo que nos hace pensar,
a nosotros, que no sabemos percibirlos.
¿Pero qué mejor metafísica que la de ellos,
que es la de no saber para qué viven
ni saber que no lo saben?

«Constitución íntima de las cosas»...
«Sentido íntimo del universo»...
Todo esto es falso, todo esto no quiere decir nada.
Es increíble que se pueda pensar en cosas de ésas.
Es como pensar en razones y fines
cuando el comienzo de la mañana está rayando , y por los lados de los árboles
un vago oro lustroso va perdiendo la oscuridad.

Pensar en el sentido íntimo de las cosas
es añadido, como pensar en la salud
o llevar un vaso al agua de las fuentes.

El único sentido íntimo de las cosas
es que no tienen sentido íntimo ninguno.

No creo en Dios porque nunca lo vi.
Si él quisiera que yo creyese en él,
sin duda que vendría a hablar conmigo
y entraría por mi puerta adentro
diciéndome, ¡Aquí estoy!

(Esto es tal vez ridículo a los oídos
de quien, por no saber lo que es mirar a las cosas,
con comprende a quien habla de ellas
con el modo de habalr que reparar en ellas enseña).

Pero si Dios es la flores y los árboles
y los montes y el sol y el claro de luna,
entonces creo en él,
entonces creo en él a todas horas,
y mi vida es toda una oración y una misa
y una comunión con los ojos y por los oídos.

Pero si Dios es los árboles y las flores
y los montes y el claro de luna y el sol,
¿para qué le llamo Dios?
Le llamo flores y árboles y montes y sol y claro de luna;
porque, si él se hizo, para que yo lo viese,
sol y claro de luna y flores y árboles y montes,
si él se me aparece como siendo árboles y montes
y claro de luna y sol y flores,
es que él quiere que yo lo conozca
como tales árboles y montes y flores y claro de luna y sol.

Y por eso le obedezco,
(qué mas sé yo de Dios que Dios de sí mismo?),
le obedezco viviendo, espontáneamente,
como quien abre los ojos y ve,
y le llamo claro de luna, y sol y flores y árboles y montes,
y lo amo sin pensar en él,
y lo pienso viendo y oyendo,
y ando con él a todas horas.


I

Bastante metafísica hay en no pensar nada.

¿Lo que pienso del mundo?
¿Sé yo lo que pienso del mundo?
Si me enfermase, pensaría.

¿Qué idea tengo de las cosas?
¿Qué opinión sobre las causas y los efectos?
¿He meditado sobre Dios y el alma
Y sobre la creación del mundo?
No sé. Para mí pensar en esto es cerrar los ojos
Y no pensar. Y correr las cortinas
De mi ventana (que no tiene cortinas).

¿El misterio de las cosas? ¿Sé lo que es un misterio?
El único misterio es que alguien piense en el misterio.
Aquel que está al sol y cierra los ojos
Comienza a no saber lo que es el sol
Y piensa cosas llenas de calor.
Si abre los ojos y ve al sol
No puede ya pensar en nada
Porque la luz del sol vale más que los pensamientos
De todos los filósofos y todos los poetas.
La luz del sol no sabe lo que hace
Y por eso no yerra y es común y buena.

¿Metafísica? ¿Qué metafísica tienen esos árboles?
La de ser verdes y copudos y echar ramas
Y dar frutos a su hora –nada que nos haga pensar,
A nosotros, que no podemos dar por ellos.
¿Qué metafísica mejor que la suya,
No saber para qué viven
Ni saber que no lo saben?

«Constitución íntima de las cosas...»
«Sentido íntimo del universo...»
Todo esto es falso, todo esto no quiere decir nada.
Es increíble que pueda pensarse así.
Es como pensar en razones y fines
Mientras reluce al comenzar la mañana
Y al flanco de los árboles la sombra
Va perdiéndose en un oro vago y lustroso.

Pensar en el sentido íntimo de las cosas
Es aumentarlo, como cavilar sobre la salud
O llevar un vaso de agua a la fuente.
El único sentido íntimo de las cosas
Es que no tiene sentido íntimo alguno.

No creo en Dios porque nunca lo he visto.
Si él quisiera que yo creyese en él
Sin duda que vendría a hablar conmigo,
Empujaría la puerta y entraría
Diciéndome: ¡Aquí estoy!

(Tal vez esto suene ridículo
Para aquel que, por no saber lo que es mirar las cosas,
No comprende al que habla de ellas
Con el modo de hablar que enseña el verlas de verdad.)

Si Dios es las flores y los árboles,
Los montes, el sol y el claro de luna,
Entonces creo en él,
Creo en él a todas horas,
Toda mi vida es oración y misa,
Una comunión con los ojos y los oídos.

Pero si Dios es los árboles y las flores,
Los montes, la luna, el sol,
¿Para qué lo llamo Dios?
Lo llamo flores, árboles, montes, luna, sol.

Si él ha hecho, para que yo lo vea,
Sol y luna y flores y árboles y montes,
Si él se me presenta como árbol y monte
Y claro de luna y sol y flor,
Es porque quiere que yo lo conozca
Como árbol, monte, luna, sol, flor.

Y yo lo obedezco
(¿Sé yo más de Dios que Dios de sí mismo?),
Lo obedezco viviendo espontáneamente,
Como que uno abre los ojos y ve,
Y lo llamo luna y sol y flores y árboles y montes
Y lo amo sin pensar en él
Y lo pienso con los ojos y los oídos
Y ando con él a todas horas.
(O.P.)


En Fernando Pessoa, Obra poética. Tomo I, ed. bilingüe de Miguel Ángel Viqueira, Río Nuevo, Barcelona, 4a ed., 2007; la segunda versión es de Octavio Paz, Obra poética II (1969-1998), Círculo de Lectores-Fondo de Cultura Económica, México, 2004.

12 de junio de 2012

Por los 84 años de la muerte de Díaz Mirón

DESEOS

    Yo quisiera salvar esa distancia,
ese abismo fatal que nos divide,
y embriagarme de amor en la fragancia
mística y pura que tu ser despide.

    ¡Yo quisiera ser uno de los lazos
con que decoras tus radiantes sienes!
¡Yo quisiera en el cielo de tus brazos
beber la gloria que en tus labios tienes!

    ¡Yo quisiera ser agua que en mis olas,
que en mi olas vinieras a bañarte,
para poder, como lo sueño a solas,
al mismo tiempo por doquier besarte!

    ¡Yo quisiera ser lirio, y en tu lecho
allá en las sombras, con ardor cubrirte,
temblar con los temblores de tu pecho
y morir del placer de comprimirte!

    ¡Oh! ¡Yo quisiera mucho más! ¡Quisiera
llevarte en mí como la nube al fuego;
mas no como la nube en su carrera
para estallar y separarse luego!

    ¡Yo quisiera en mí mismo confundirte,
confundirte en mí mismo y entrañarte;
yo quisiera en perfume convertirte,
convertirte en perfume y aspirarte!

    ¡Aspirarte en un soplo como esencia,
y unir a mis latidos tus latidos,
y unir a mi existencia tu existencia,
y unir a mis sentidos tus sentidos!

    ¡Aspirarte en un soplo del ambiente,
y así verter sobre mi vida en calma,
toda la llama de tu cuerpo ardiente
y todo el éter de azul de tu alma!

En Poesías completas. 1876-1928, Ars, México, s.f.

6 de junio de 2012

Angélica y Medoro. Unas octavas atribuidas al Divino Capitán.

[...] Gracia particular que al alto cielo
quiso otorgar al bajo mundo en suerte,
es la de dos amantes que en el suelo
viven con fuego igual, con igual muerte;
verse la llama helar, arder el hielo,
un pecho quebrantar de mármol fuerte,
y que tan alto ser de amor reciba
que uno viva por él y el otro viva.

   En la cueva de Atlante, húmeda y fría,
la somnolienta Noche reposaba,
y Cintia al rubio hermano ya quería
restitüir la luz que dél tomaba,
con el rosado manto abriendo el día
la blanca Aurora flores derramaba,
y los caballos del señor del Delo
hinchían de relinchos todo el cielo,

   cuando Medor y Angélica, durmiendo
dentro en albergue que les cupo en suerte,
el dulce y largo olvido recibiendo,
juntos están con lazo estrecho y fuerte,
el aire cada cual dellos bebiendo
boca con boca al otro, y se convierte
lo que sale de allí mal recibido
en alma, en vida, en gozo, en bien cumplido.

   Con el siniestro brazo un nudo hecho
por el cuello a su sol tiene Medoro,
ciñe la otra el blanco y tierno pecho
que es del cielo y amor alto tesoro;
acá y allá, sobre el dichoso lecho
vuela el rico, sutil cabello de oro
y al caluroso aliento que salía
un poco ventilando se movía.

   Entre ellos iba Amor pasito y quedo
los bien ceñidos miembros más ciñendo,
y al dulce contemplar, gozoso y ledo,
todo se está moviendo y sacudiendo;
prueba después con el pequeño dedo
y en vano tienta el cabo, aquesto haciendo,
si puede con la punta de sus flechas
hacer lugar en partes tan estrechas.

   No pudo al fin, mas con las alas luego
(que desde Cipro, de Amatunta y Gnido,
menospreciando la región del fuego,
podrán subillo al cielo más subido),
donde volando con lascivo juego,
para quebrar un monte empedernido,
aire fresco, vital, les hace y mueve
y dentro el aire ardientes llamas llueve.

   La sábana después quietamente
levanta, al parecer no bien siguro,
y como espejo el cuerpo ve luciente,
el muslo cual aborio limpio y puro;
contempla de los pies hasta la frente
las caderas de mármol liso y duro,
las partes donde Amor el cetro tiene,
y allí con ojos muertos se detiene.

   Admirado la mira y dice: «¡Oh cuánto
debes, Medor, a tu ventura y suerte!»
Y más quiso decir, pero entre tanto
razón es ya que Angélica despierte,
la cual con breve y repentino salto,
viéndose así desnuda y de tal suerte,
los muslos dobla y lo mejor encubre,
y por cubrirse más, más de descubre.

   Confusa, al fin, halló nueva manera,
que a su Medor abraza enternecida
y con la blanca mano por defuera
trabaja de quedar toda ceñida;
dijo después la ninfa placentera:
«Paz y dichosa luz tengas, mi vida»,
y él sin hablar, con alegría no poca,
paz de su luz tomó dentro en la boca.

   La paz tomaste, ¡oh venturoso amante!,
con dulce guerra en brazos de tu amiga,
y aquella paz, mil veces, que es bastante,
nunca me fuera en paz de mi fatiga.
¡Triste!, no porque paz mi lengua cante
paz quiere[s] inmortal, fiera enemiga,
mas antes, contra amor de celo armada,
huyes la paz, que tanto al cielo agrada [...]

En Poesías castellanas completas, ed. de José Lara Garrido, REI, México, 1990.